Vía Rio de Janeiro pasó por aquí mi amigo Federico Bellone, el italiano más carioca, nos conocimos durante mi año de vida y locura en la "cidade maravilhosa" y desde entonces siempre nos encontramos, aquí, allá o en algún lado. El tema de Federico es el “desarrollo sustentable”, conoce Latinoamérica como nadie y lo que a mí más me asombra de él es su confianza en la política, la madurez que tiene para separar la paja del trigo y subrayar que la corrupción endémica y el corporativismo filomafioso no tienen por qué ser las normas políticas a la hora de intentar cambiar y mejorar las cosas. Yo me veo a mí mismo como un tipo mucho más desinteresado y hasta cínico, la política me aburre y en general descreo de todo lo relacionado con ella. Sin embargo, a través del buen Federico veo que hay formas civilizadas y sensatas de entender el fenómeno político, por cierto completamente alejadas de los fanatismos intelectualizantes que a veces me parece advertir en el progresismo de mi país (y de los que huyo como de la peste). A través de Federico aprendo la importancia de construir consensos; en mi vida cotidiana, en la calle y en los diarios, noto que a los demás lo que más parece importarles es imponer su opinión o, en todo caso, discutir para mostrar la diversidad de puntos de vista y quedarse ahí, sin que esa diversidad sea capaz de generar algo más o menos activo. De todas maneras, lo que más me une al buen Federico no es la política (no creo que ese tema sea capaz de unirme a nadie) sino, como siempre, la música, que ambos disfrutamos con alegría, piel y corazón. Ayer mismo nos juntamos para intercambiar maravillas: yo le pasé Bomba Estéreo, Gecko Turner y Terrakota, entre mil cosas, y él me iluminó con el increíble ecuatoriano Aladino “El mago de la rockola”, La Pupuña, el calipso minimal de Walter Ferguson, Velha Guarda da Mangueira y la genial salsa colombiana de Calambuco, de quienes arriba cuelgo “Te falta ritmo”. Por estos días voy a extrañar a mi buen amigo, aunque con él, como con tantos amigos queridos que tengo a la distancia, no sé por qué siento que los veré pronto, aquí, allá o en algún lado.
No generalizo ni pretendo que todo el mundo piense como yo, sencillamente mi opinión es la siguiente: el Des-Gobierno que padecemos hace más daño que cualquier gripe, tener a no pocos demagogos y chantas al mando de políticas de lo que sea nos convierte a todos en un grupo de alto riesgo de ser engañados y manipulados. La realidad indica que nos mienten con el INDEC, con el impacto de la derrota electoral, con las medidas que debieron tomarse contra la gripe antes de las elecciones (y que no se tomaron, con todo respeto, por berretez mental y politiquería). No sé si haré bien, pero yo le huyo por igual a las declaraciones de los políticos y al estornudo del vecino. Ante el virus H1N1, información seria, prudencia y responsabilidad personal. Ante las pseudopolíticas oficiales, madurez para tener en cuenta los escrúpulos de quien las dirige. ¿Cómo creer en las decisiones para paliar los efectos de la gripe si quien se supone que está detrás de esas políticas esquivó públicamente el bulto (es decir, la verdad matemática) de las consecuencias electorales? ¿Qué credibilidad tiene gente así? De todas maneras, y como oportuno consuelo de tontos, hay que decir que éste no es el único gobierno que improvisa y mira para otro lado en cuestiones de vida o muerte para la gente que representa. Quiero decir: no es un mal argentino, ni peronista, ni kirchnerista, qué va. En España, Aznar le echó la culpa a ETA del atentado contra la estación de Atocha, aún sin pruebas de ninguna clase, sólo para que la verdad inocultable -que las bombas las habían puesto terroristas islámicos- no afectara su desempeño electoral. En Estados Unidos, Colin Powell hizo malabares fotográficos para demostrar que había armas de destrucción masiva en Irak, espeluznante mentira a escala global que terminó por justificar la invasión y la guerra. Aquí no somos menos; sólo le importamos menos al mundo, y por eso los reclamos internacionales no son tan airados. Pero el castigo popular al mentiroso es el mismo: Aznar perdió las elecciones que todas las encuestas le daban por ganadas, Bush salió de la Casa Blanca como el peor presidente estadounidense de la historia (y el principal argumento de su rival fue el despropósito bélico de Irak), el gobierno argentino acaba de perder las elecciones parlamentarias y hace rato que ha perdido lo más valioso: credibilidad, respeto, la ilusión que alguna vez encarnó. Una vez más, nos quedamos solos. Dicen que eso -aún enfermos- es mejor a estar mal acompañados.
Anda por aquí mi amigo mexicano Fernando Llanos, videasta, músico, artista inclasificable y quién sabe cuántas cosas más. Llegó a Buenos Aires para dar un curso de video con celular en el CCEBA, hace unos días se fue de vacaciones a Ushuaia y promete volver el sábado para bailar al ritmo de mi música en la World Beat Sessions de esa misma noche, en La Vecindad (espero convencerlo de que haga algo allí). Llanos es un tipo de los increíbles y nunca sé qué pensar de su trabajo, me sorprende todo el tiempo, en el fondo juega (muy en serio) con mil cosas y tal vez por eso siempre lo suyo me fascina y divierte a la vez. Lo que más le conocía era su experiencia como Videoman, una exhibición múltiple a cargo de su alterego como superhéroe. Videoman interviene espacios urbanos específicos con propuestas móviles que intentan llevar el arte a la ciudad, o al menos algo que provoque un shock en el espectador a la manera de un grafitti mitad humano mitad icónico. A ver si me explico: Videoman proyectó películas porno gays en la plaza del monumento a Colón, en Madrid (la imagen, arriba), pasó karaokes de canciones ecuatorianas en un “botellón” madrileño (según él, “botellón mestizo”) y hasta “mexicaneó”, es decir, vampirizó la energía eléctrica de un cocktail en la Casa de América de Madrid para proyectar su propia pieza y aprovechar la convocatoria de lo que ocurría al lado (la foto, abajo). Todo eso sobre una bicicleta y cubierto con un traje plateado, como corresponde al superhéroe que es. Lo último que supe de sus aventuras es que en Suiza le puso cámaras a un perro chihuahua, lo mandó a la calle y luego -o en ese momento- se podía ver la ciudad desde el punto de vista del perro. Llanos tiene una banda, Mireyna, heterodoxa y osada como él, formada por una cantante, una chelista y él a la guitarra (por cierto, no sabía que tocaba la guitarra; al final de este post, un clip del grupo). Me pregunto qué hará en Ushuaia en estos días, en cualquier momento encontraré la respuesta en su blog. Vale la pena darse una vuelta por su universo, de algún modo sintetizable en el primer párrafo del catálogo de Videoman:
“No podemos seguir esperando que la gente sea la que se acerque a los museos, debemos llevarles las reflexiones a sus espacios y ganar terreno de manera convincente. Como los grafittis que gritan por las calles: ¡aquí estamos, y esto es lo que pensamos!; como las emisiones de radio pirata que no esperan para difundir sus ideas, compartir sus hallazgos, o contagiar sus creencias; como algunos músicos, poetas o performanceros de la calle y el metro”.
El domingo fui a votar, llegué a último momento, hace miles de años tenía domicilio en Caballito, lo cambié antes de la anterior elección pero de todas maneras el padrón me tiene registrado en el que alguna vez fue el barrio de mi abuela. Antes de ir estaba molesto, no quería votar, no estoy nada seguro de que la obligatoriedad sea justa, importante, necesaria. Al final uno, o al menos yo, se siente extorsionado en el momento de votar. Si votás en blanco, lo anulás o ni siquiera vas, hacés lo que piden los carcamales del PCR. Si apoyás al oficialismo, le hacés el juego a quien dice que si no lo votás puede volver la crisis del 2001 (?). Y si votás a la oposición, estás con quienes aseguran que el gobierno es la causa de todos los males. Con esa idea en la cabeza hice lo que me pareció menos peor, y a la salida me sorprendí de estar en el barrio de mi abuela, hacía tanto que no iba por ahí, de veinteañero yo tomaba su calle -Ambrosetti- y dos cuadras antes ya la veía en el balcón, se asomaba para saber si estaba cerca, apenas me veía saludaba rápido y se metía en la casa para terminar el almuerzo. Una risa, la abuela, a quien en ese momento tenía enferma en Mar del Plata. Sin pensar mucho tomé Rivadavia, compré unas facturas, escuché música en el subte. Al rato de haber vuelto a casa, mi hermana me llamó desde Mar del Plata: la abuela acababa de morir. Hacía un tiempo que estaba grave, ese día tenía muchos dolores, tomó a mi hermana de la mano y a algún lado se fue. En la tele se hacían especulaciones de toda clase, un rato antes yo pensaba que no estaba mal eso de que por una vez se formara un partido de derecha moderada (en este caso, con Macri a la cabeza) y otro de izquierda democrática (el germen del apoyo a Pino Solanas), como en cualquier país normal. Pero después del llamado de mi hermana me di cuenta de que, en mi caso, “lo normal” era que otras cosas me importaran mucho más. Sentado frente a la tele, lo único que veía era el resultado de la extorsión. El mundo no se acaba porque ganen unos, nada cambia especialmente porque pierdan otros. Pero esa noche algo cambió en mí, y todavía me cuesta darme cuenta.
En cualquier momento, el justo y esperable revuelo por la muerte de Michael Jackson se convertirá en spam mediático, basura alegre para los ojos y oídos, clips desinformativos que reemplazarán las imágenes de la violencia en Irán y terminarán reemplazados por otras muertes seguramente menos célebres, los resultados de las elecciones locales o cualquier pseudonoticia que garantice un buen relato. Todo periodista sabe que ningún hecho dura más de una semana en la tapa de un diario; cualquier lúcido consumidor de noticias no ignora que la información mediatizada es telenovela en germen. Jackson no fue un músico influyente como, para hablar de otro grande recientemente fallecido, James Brown; sin embargo, su impacto como ícono cultural convirtió cada gesto suyo en un incomparable culebrón planetario, reality show por entregas, el knock out definitivo al celo por la intimidad. Una star de ese tamaño tarda mucho más que una semana en apagarse, lo curioso del asunto es que ni siquiera nos daremos cuenta a la hora de olvidarlo (eso debería dejar claro lo inútiles que son los esfuerzos por ser más y más famoso). A mi manera de ver, y en un sentido estricto, lo suyo no fue ni la música ni el baile, sino aquello que los gringos llaman entertainment. Yo llegué a ver un show suyo en Barcelona, ahorré un mes entero para comprar el boleto, no sé por qué hice eso si no era ningún fanático, debo haberme dejado llevar por el mareo publicitario. El tipo llegó y se fue en un helicóptero que lo trajo y sacó del escenario, en el medio hizo el espectáculo más plástico y frío que recuerde, ni siquiera puedo decir que no me gustó, simplemente me dejó helado y sin opiniones al respecto. Ahora, lo que lamento de su muerte es que se haya ido alguien con el poder de hacer bailar, el tipo de magia blanca más bonita, alegre y sana que conozco. Para no entrar (demasiado) en la sentimental y/o cínica tumba mediática que marca la hora, aquí aporto dos testimonios de la escala global de su fuerza: Thriller, bailado por reclusos de las Filipinas (arriba), y en plan Bollywood (abajo). ¡Adiós, amigou!
Ahora sí! La World Beat Sessions que organizo mes tras mes se desdobla en su versión de sábado por la noche, bailable y nómade. La próxima es el sábado 4 de julio (el de la semana que viene) en La Vecindad, con la gran Ali Gua Guancó (de Kumbia Queers) como estrella invitada y un par de increíbles películas sorpresa. En Buenos Aires, en ningún lugar me lo he pasado mejor que en La Vecindad, sus fiestas siempre son superalegres y el ambiente es relajado y con buenísima vibra. Para mí va a ser un superorgullo volver a poner música allí, donde alguna vez abrí para El Hijo de la Cumbia y también para DJ Karim y la propia Ali, en un after show de las Kumbia. Va a ser una noche de las que no se olvidan, me ilusiona un montón. Para preparar el ambiente, aquellos interesados en aprender a diyear tienen la tremenda lección de abajo. ¡Nos vemos allá!
No sé qué buscaba mi chica, Adriana, cuando encontró estos hitos felinos, a veces creo que sólo ella es capaz de toparse con semejantes cosas, además sabe que los gatos me encantan (tengo largas historias con una pareja de gatos húngaros que traje a Buenos Aires desde Budapest, y mi gata mexicana Lolita ya pasó una temporada en Rio de Janeiro y actualmente vive conmigo en mi casa del barrio de San Cristóbal) y no puedo creer lo que veo cuando veo estos videos. El gato músico (arriba) es genial, y el otro/a tiene un estilazo único para automimarse. ¿Qué sería del mundo sin bichos como estos?
Engripado desde hace un par de días, lo único que hago es tomar pastillitas y bajar música en la compu. Lo que más me ha gustado de lo que encontré fue Oba Train, el último trabajo de Terrakota, la multicultural banda con sede en Portugal. Mientras me curo (o por lo menos eso espero), arriba cuelgo el clip de “É verdade”, total metáfora de las imposturas generadas por los impactos publicitarios y mediáticos. Especial atención al sitar que atraviesa este reggae de punta a punta, toda una sorpresa que enriquece este sonido a la vez clásico y personal. Me gustó mucho, lo bailaré una y otra vez apenas salga de la cama!
El viernes puse música entre los shows de Fantasma y el de Kumbia Queers en Niceto, fue una noche genial y me lo pasé muy bien. Las Kumbia están cada vez mejor, tocaron muchas rolas que no conocía (una increíble, la de “Como soy tan rara”) y lo más importante es que ellas se divirtieron y la gente también. La escenografía incluía bananas de plástico y yo me gané una cuando empezaron a tirarlas hacia el público. Mi amigo Carlos Cuenca, del blog umapordia, llegó con Fabio Trummer, de la notable banda brasileña Eddie, y tras el concierto nos fuimos todos juntos a un ensayo abierto de Morbo & Mambo, un hiperbueno grupo de funk y groove, en la calle Perú, en San Telmo. El lugar es una fábrica de jeans abandonada, un laberinto pintarrajeado con grafittis e imágenes extrañas, entre las que recuerdo a un osito panda con una pistola. La banda me pareció buenísima y Fabio se unía a ellos con un ánimo abierto y lúdico, que entusiasmaba al bajista y a los vientos. Volví a casa feliz y cansado, por una vez seguro de que lo bueno de esta ciudad hay que buscarlo en ciertas zonas de la cultura joven, tan distinta del estirado y ultramediocre acartonamiento del ambiente “intelectual” en el que por distintas razones me toca moverme. Al día siguiente, Pollera Pantalón presentaba su nuevo disco en un centro cultural de San Cristóbal, y allí también estuve. La noche no invitaba a salir, estaba fría y húmeda, pero nada de eso se sintió en el escenario de Humberto Iª al 2700, donde la banda puso a bailar a muchos de los que presenciamos su show. Integrado por cinco chicos y dos lindísimas saxofonistas, Pollera Pantalón tocan ska, de repente flirtean con el swing, y se atreven con “Summertime”, “Libertango” o los milagros de Henry Mancini para la Pantera Rosa. En la fiesta hubo trapecistas, show de peluquería, un montón de músicos invitados y cortes de luz que no apagaron a nadie. En el camino de vuelta a casa vi bares de tango abiertos a las 3 de la mañana, señoras arregladas que discutían quién sabe qué en un café de Independencia y luces que salían de una fiesta en un primer piso de la avenida Jujuy. Llegué a casa feliz y cansado, por una vez seguro de que no siempre estoy en el lado equivocado de la vida que me gusta vivir. Arriba, Puchy Coiffeur corta el pelo mientras las chicas de Pollera Pantalón le marcan el ritmo (como anoche); abajo, Fabio, de Eddie, canta y toca “Pode me chamar”, canción que yo conocí en versión del gran Marcelinho da Lua.
Esta noche pondré música un ratito, entre Fantasma y Kumbia Queers, en Niceto. La cosa promete, la vez que vi a las Kumbia en ese mismo escenario me encantaron, creo que el lugar y la onda está hecho a la medida de las chicas. A ver qué tal me va, no es fácil cuando hay que calentar el ambiente con todo el mundo ya listo para un show en vivo. Pero ahí estaré. A las 22 abre Fantasma, quienes estén con ánimo de una buena fiesta ya saben adónde tienen que ir. Arriba, como invitación, va el clip de “La isla con chicas”, de KQ. ¡Ahí nos vemos!
El mejor artículo que he leído recientemente sobre el panorama creativo, sonoro e industrial de la música contemporánea lo escribió Kiko Helguera, uno de los responsables del buenísimo programa Sonideros, de la española Radio 3. Publicado en la Letras Libres de abril, “Música y electricidad: conexiones y cortocircuitos en la era virtual del acelerador de partículas” piensa los modos de “evolución musical” tras el surgimiento de Internet, analiza el impacto de lo que él llama “apagón de la industria discográfica” y muestra las consecuencias y el desarrollo de la escena world beat y hiphopera en un escenario antigüamente marcado por el dominio del rock y el pop. Es una apología de la diversidad sonora (no necesariamente de la “democracia musical”) y, sobre todo, una puesta en escena teórica del placer que invade al amante de la música en una época como la nuestra, en la que cualquiera tiene acceso a lo que desee. Los siguientes son algunos de los párrafos con los que más me identifico:
* “Ya no estamos ante un patrón de evolución musical lineal, del pasado hacia el futuro, con estilos que superan a los anteriores, que se desechan como antiguos, sino en un modelo circular en expansión: mediante samplers e injertos renacen Billie Holiday o Dinah Washington en temas de rap o de electrónica; hoy, nada es antiguo ni moderno, todo se percibe como distintos colores y texturas sonoras que el artista contemporáneo usa a su conveniencia, como si fuera un collage. Tampoco el desarrollo musical es ya vertical ni está dominado por la tradición occidental, sino que se ha convertido en horizontal o transversal, con la irrupción de esos otros lenguajes, los primitivos del futuro, de las llamadas músicas étnicas o del mundo”.
* “Hay un proceso claro de convivencia y mestizaje entre la tradición del jazz, las llamadas músicas étnicas o del mundo (es decir las tradicionales o folclóricas) y ese magma general que proviene del blues y del rhythm & blues, soul, funk y otras especias que se denomina rock. Y la vitalidad de estos géneros que se entrecruzan es consecuencia del encuentro de músicos en festivales, del enorme flujo de información y propuestas musicales que circulan por internet y de la globalización cultural que ha abolido las fronteras geográficas y temporales de la música. El esplendor del cruce entre rock y músicas del mundo a partir de los ochenta (Paul Simon y Graceland, Sting con Rachid Taha y Branford Marsalis, Paco de Lucía y John Mclaughlin) revitalizó definitivamente el tronco del rock y lo abrió a un corredor sin retorno. Fela Kuti, Franco, Youssou N’Dour, Miriam Makeba no son ya exotismos africanos sino referentes globales, tanto en lo musical como, en muchos casos, en lo personal. Las derivaciones del flamenco y el jazz de Benavent, Di Geraldo y Pardo o el asombroso experimentalismo de Morente con Omega, han aportado una mezcla de lenguajes tan fructífera como lo que en su día ocurrió en Nueva York, cuando los ritmos afro-cubanos, el latin jazz y el soul se encontraron con el boogaloo y la salsa. La escena electro asiática de Londres en los noventa con Talvin Singh, Nitin Sawhney, Asian Dub Foundation resulta tan fascinante como la recuperación de las bandas callejeras gitanas como Koçani Orkestar o Taraf de Haïdouks y su encuentro con DJ’s en Electric Gipsy Land o el renacimiento de las big bands de jazz. Globalización, interconexiones, mestizaje: bienvenidos al caleidoscopio sonoro”.
* “Para una vez que el libre mercado y la competencia abarata los precios al consumidor, resulta que es ilegal. Es igual de contradictorio que las empresas privadas que abogaban por la libertad económica y la no intervención del Estado antes de las crisis ahora estén pidiendo que las nacionalicen o les regalen dinero público, para con él autopagarse primas multimillonarias los ejecutivos responsables del desastre”.
Kiko Helguera ha escrito uno de esos raros textos que sirven de brújula y referencia para entender el presente. Imagino que los interesados en el tema volveremos a estos párrafos una y otra vez. Mientras, y como lado B de estas palabras, arriba cuelgo “Pushin’on” de Quantic Soul Orchestra, una de las bandas de las que Kiko habla en su texto, cuya versión completa está disponible aquí.
Un espectacular ciclo de cine y video sobre “Ciudad y subjetividad” se llevará a cabo desde el fin de semana que viene, como parte de la muestra Espacios Urbanos que tiene lugar en la Fundación Proa porteña. La programación incluye el notable documental El muro, de Jürgen Böttcher, que registra la caída del Muro de Berlín (el próximo sábado, a las 17.30), y la notable película ¿experimental? My Winnipeg, del canadiense Guy Maddin (sábado 4, 17.30). La entrada cuesta 5 $, y la programación completa está disponible aquí. Arriba, cuelgo una filmación impresionante del histórico derrumbe del muro; y abajo, el trailer de My Winnipeg. ¡Nos vemos por ahí!
Una y otra vez escucho esta “Mentiras”, de Los amigos invisibles, la gran partyband venezolana que siempre suena en mis fiestas. Este ritmazo es un regalo para los oídos y el cuerpo; el clip, uno para los ojos. Y por cierto: esta y otras rolitas en la onda sonarán en la próxima World Beat Sessions, que será el sábado 4 de julio en La Vecindad (detalles e invitados, la semana que viene). Mientras tanto, ¡a bailar!
Me gustó mucho Cineclub (Reservoir Books), el relato que el novelista y crítico canadiense David Gilmour hace de la educación alternativa que durante un buen tiempo le brindó a su hijo, Jesse. La historia es sencilla y sentida: Jesse no da pie con bola en la escuela, y encima miente cuando dice que va y en realidad no va nada, o que estudia cuando hace cualquier cosa en lugar de abrir un libro. Papá Gilmour se da cuenta, no quiere obligar al chico a hacer algo que detesta, y le propone abandonar la escuela a cambio de disciplinarse en el raro aprendizaje que consiste en ver, juntos, tres películas semanales. Por supuesto, el cine es una excusa para que padre e hijo puedan conocerse mejor, un paisaje de actitudes, historias y valores destinados a impactar en un adolescente que pasa la mayor parte de su tiempo abandonado al hip hop y a los primeros desencuentros amorosos. David lo sabe (“No me engañaba a mí mismo. Sabía que no le estaba dando una educación sistemática sobre cine. Eso no era lo importante. Podíamos habernos dedicado al submarinismo o a coleccionar sellos perfectamente. Las películas simplemente nos ofrecían la oportunidad de pasar tiempo juntos, cientos de horas, además de dar lugar a toda clase de temas de conversación”) y deposita sus esperanzas en ese nuevo espacio compartido, un escenario lleno de riesgos porque, como él mismo descubrirá poco más tarde, su hijo podría conocer los peligros de la mentira en Crímenes y pecados pero, tal vez, tan o más importante sería que aprenda dónde están los países de Europa, quién fue Alejandro Magno o por qué hubo una Guerra de Secesión en Estados Unidos. “¿Y si me había equivocado? -se pregunta, sincero, el autor- ¿Y si Jesse no salía del sótano un día de estos y “agarraba el mundo por las solapas”? ¿Y si yo había permitido que se jodiera la vida entera con una teoría equivocada que podía no ser más que pereza vista bajo el prisma de un sabelotodo?” Las legítimas y preocupantes dudas de Gilmour no tienen respuesta, pero muestran una vulnerabilidad que, a la larga, todo hijo agradece. Yo mismo recuerdo que el cariño hacia mi padre se me hizo más auténtico cuando se separó de mi madre, lo acompañé a su nueva casa de divorciado, y en la cocina me demostró con grandes esfuerzos que no sabía preparar (me) ni un huevo frito. Algo parecido ocurre con Jesse y David: el padre pierde a su hijo porque éste crece y se convierte en hombre, el hijo reencuentra a su padre porque consigue verlo -y entenderlo- como el hombre lleno de incertezas que también es. Cineclub es el relato de ese doble camino, una despedida al hijo que se va y un homenaje al amor que se mantiene. Lo recomiendo mucho, vale la pena y, en cierta medida, nos toca a todos.
La radio FM La Tribu cumple 20 años y por eso festeja con eventos muy buenos. La semana que viene, desde mañana lunes y hasta el jueves, de 22 a 02 hrs., en su estudio tocarán bandan copadísimas, gratis y con transmisión en pantalla gigante (además de las de 88.7 y la de www.latribu.com). La cosa será parte del ciclo “Hecha la trampa” que organizan mis amigos del programa FMp3, y yo no me lo pienso perder. Mañana se presentarán Tonolec y La Candela Rumba Sampler; el martes, Kumbia Queers y Madre Maravilla; el miércoles, Chinelas persas y Locos de nacimiento; y el jueves, Los Umbanda y Radio Roots. Yo seguramente iré el martes y el jueves, aunque también me recomiendan mucho lo de mañana. A modo de invitación, arriba cuelgo “La vida es breve” de y por mis amigos de Radio Roots, en su formato callejero. ¡Nos vemos ahí!
Me aburre, exaspera y enferma la gente que dice “me interesa” (un autor, una obra, un cineasta) en lugar de “me gusta”. (Eso significa que me aburre, exaspera y enferma buena parte de la gente con la que trato en Buenos Aires).
El sábado de la semana pasada murió Alejandro Rossi, el gran autor de Manual del distraído, ensayista incomparable y, junto a Octavio Paz, co-fundador de la revista Vuelta. Lo suyo era la precisión en el estilo, la épica de lo cotidiano y una mirada de extranjero permanente, cortesía de su origen italiano, su infancia venezolana, su educación en Buenos Aires y su formación definitiva en el Distrito Federal mexicano. Con libros como el insuperable Manual del distraído, Cartas credenciales, El cielo de Sotero o La fábula de las regiones, Rossi nunca podría haber sido un escritor popular, pero lo suyo tampoco sigue, ni de lejos, el endogámico modelo de “escritor para escritores”. Se trata de un artista refinado y elegante, que utiliza esos modos para abrir las puertas de la Literatura, nunca para cerrarlas. Como Juan José Arreola, Jorge Ibargüengoitia y Augusto Monterroso, ha sido y es un gran maestro de la distancia corta, la columna periodística o el ensayo breve, en el que la argumentación siempre contempla la importancia de la duda. En una era que desconfía de quienes elogian las incertidumbres, su desprecio a las certezas y al escuelismo militante se va a extrañar. Para quienes se interesen en su vida y obra, tres buenos artículos sobre el Manual del distraído publicados en Letras Libres, aquí.
La otra noche fui a un evento de editorial Planeta, presentaban los libros de los próximos meses para los libreros y alguien me invitó para que viera qué onda. Por supuesto me enteré de chismes miles, escritores y editores me hicieron confesiones varias y al final los amigos terminamos, como (casi) siempre, en el bar Rodney. En algún momento de la noche Gabriel Carámbula empezó a tocar canciones de Pappo y los Ratones Paranoicos, el ambiente era entre ochentero y rollinga y la cosa acabó cuando el mismísimo dueño del bar arremetió a las trompadas contra el baterista. “¿Qué pasó, qué te hizo?”, le preguntó uno de mis amigos al dueño. “¿Qué, vos lo defendés?”, contraatacó el otro. Nadie quiso saber más. Tal vez lo más interesante de lo que puedo comentar de esa noche fue el diálogo que sostuve con mi amiga X, escritora en ciernes, periodista cuando tiene ganas y alma de las sinceras. La conversación giró alrededor de la pregunta por algo que valiera la pena, un autor emergente, un libro sorpresa, algo que ella hubiera visto recientemente y pudiera recomendarme, no sé, cualquier cosa. Mi amiga me habló de una escritora joven a la que yo ya había leído en la antología Los días que vivimos en peligro, y como respuesta le dije que muy probablemente yo no había tenido con suerte con ella, ya que su cuento no me había parecido nada especial. Mi amiga me dijo que a ella le pasaba lo mismo, pero que “por default”, esto es, por omisión o porque no hay nada mejor (léase, quizás, “bueno en serio”), lo correcto podía pasar por talentoso. A mí el argumento me pareció entendible, pero lleno de peligros. ¿Adónde podía llevarnos el conformismo de pensar que lo apenas legible era bueno, o que lo no-tan-aburrido-ni-insufrible tenía cierto futuro? A X quise decirle esto, pero antes pensé en lo que durante varios días se discutió alrededor del escandalete armado por Patricio Pron y su incendiario texto de Etiqueta Negra: Patricio ataca el excesivo interés por el posicionamiento de sus colegas, pero en su texto parece incurrir en el mismo afán de diferenciación (innecesario, quizás, ya que eso es trabajo de las obras). Sin embargo, su caso por lo menos demuestra que alguien es capaz de decir en voz alta lo que los demás callamos o mencionamos en voz baja...y eso, sospecho, algún mérito tiene, aunque sea un mérito “por default”. Inmerso en ese mundo entre asfixiante y, quizás, necesario a falta de algo mejor, me quedé con la cabeza puesta en semejante pasaporte colectivo a la mediocridad, y en cómo una y otra vez la condescendencia general con la cultura del “default” organiza y dirige la mirada hacia los prestigios que se construyen por puros compromisos, snobismo o conveniencia de turno. ¿Yo mismo no seré, con suerte, honesto y/ o valioso por “default”? Me parece que no quiero saber más.
En Rio de Janeiro éramos más o menos vecinos (él en Santa Teresa, yo en Lapa), pusimos música juntos una noche de Año Nuevo en la casa de mi amigo Ricardo Beliel y su mujer Gabriela me daba clases de yoga. Es uno de los más grandes MC's de Brasil, ex Planet Hemp, actual Turbo Trio y colaborador frecuente de Marcelinho Da Lua y DJ Kaska, entre otros. Yo lo admiro sin reservas, su música -una explosiva combinación de funk, soul y hip hop- me encanta y cada tanto vuelvo a Enxugando gelo, el primer disco junto a Os Seletores de Freqüência, que por potencia e ingenio me parece lo máximo. En México participó del festival Ollin Kan, donde yo alguna vez abrí para Bossacucanova; si alguna vez aparece por Argentina, me buscan abajo del escenario, bailando esta “Funk até o caroço” que cuelgo arriba. ¡Viva B Negão!
Soy periodista cultural y DJ. Viví tres años en Barcelona, uno en Budapest, ocho en México DF, uno en Rio de Janeiro y, desde finales del 2007, estoy de vuelta en Buenos Aires...