Guyazi
"gente que tiene los pies al revés, de manera que si uno quiere acercarse a ellos siguiendo sus huellas, lo que hace, por el contrario, es alejarse"
sábado, 26 de mayo de 2012
¡Arguiñano presidente!
Más claro, imposible. Si querés entender la crisis española (y mundial), clickeá arriba y escuchalo al chef. ¡Viva Arguiñano!
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viernes, 25 de mayo de 2012
Llega Dreileben, imperdible cine colectivo alemán
Tres grandes directores, unidos por un proyecto en común. Tal es la carta de presentación de Dreileben, el tríptico cinematográfico llevado a cabo por los realizadores alemanes Christian Petzold, Dominik Graf y Christoph Hochhäusler, que explotó en la Berlinale 2011 y que desde mañana y hasta el domingo 3 de junio se presentará en la sala Lugones del Teatro San Martín.
El proyecto Dreileben explora las posibilidades del cine colectivo (las películas se pueden ver en orden aleatorio y son independientes entre sí) y demuestra que en ese campo habría muchas cosas por hacer. Su historia se remonta al 2006, cuando los tres creadores intercambiaron ideas y opiniones en un debate vía e-mail que poco después sería publicado por la revista especializada Revolver. Para continuar la discusión por otras vías, cada director se comprometió a hacer una película relacionada con el diálogo a varias bandas que habían mantenido, con la fuga de un criminal como excusa argumental. Y así es que Algo mejor que la muerte, de Petzold, No me sigas, de Graf, y Un minuto de oscuridad, de Hochhäusler, comparten ambiente y escenario, pero cada uno avanza de manera diferente y con distintas estéticas.
Complementarios e indispensables, se transforman en ejemplos de lo diverso que puede ser el cine...y lo real. El único de los directores que conozco bien es Petzold (me sacudió especialmente con Yella y The state I am in) y por supuesto no me perderé ninguna de las tres películas de este proyecto que adivino sugestivo y muy complejo, sobre todo si se tiene en cuenta que los filmes fueron realizados para televisión. Arriba, el trailer de Algo mejor que la muerte, de Petzold; abajo, una breve entrevista con Hochhäusler. Los horarios de la programación, aquí. ¡Nos vemos allá!.
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jueves, 24 de mayo de 2012
¡El Hijo de la Cumbia llega a la India!
¡Qué lindo es enorgullecerse de los amigos! Eso es lo que por estos días me pasa a mí con mi compa Emiliano Gómez, más conocido como El Hijo de la Cumbia, quien desde la semana pasada está en una gira europea muy particular. Anteayer tocó en el Festival de Cannes, y a las habituales fechas de tours como los suyos (Marsella, París, Malmöe, Lisboa) se agregaron dos shows para tocar...¡en la India! El viernes 8 de junio se presentará en Bombay y el sábado 9 en Nueva Delhi, dos actuaciones históricas a las que por supuesto me muero de ganas de ir. Yo no creo que muchos músicos argentinos se hayan presentado en la India, y estoy seguro que muy pocos cumbieros han aparecido por allá. Lo de Emiliano es un milagrazo que debería tener más difusión entre nosotros; por un lado, para que nos quede claro hasta dónde puede llegar la cumbia argentina, y por el otro, para descubrir a un artista mayúsculo que merece un público local de oídos y corazón abierto. Para aportar a la causa con más hechos que palabras, arriba va un video de “Eres campesina”, grabado en vivo hace un par de meses. El hijo pródigo está en el camino, ¡viva El Hijo de la Cumbia!
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miércoles, 23 de mayo de 2012
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martes, 22 de mayo de 2012
La Shica, en exclusiva: "Todos los artistas tenemos síndrome de Peter Pan"
El viernes pasado, La Shica se presentó en el teatro porteño ND Ateneo; el próximo viernes, 25, cierra su minigira porteña en la misma sala. Nacida en Ceuta, en 1976, la carrera musical de Elsa Rovayo explotó con el single “Zíngara rapera” (el clip, abajo) y su versión de “La bien pagá”, donde mostró una fusión entre el flamenco y el hip hop que sabía combinar elegancia y rabia. Hasta su aparición, yo sólo había visto ejemplos similares en Ojos de Brujo y La Mala Rodríguez; la diferencia que establecía La Shica era el refinamiento, y también la fuerte marca del cuerpo en su cadencia musical.
Su primer disco, Trabajito de chinos, alcanzó para mostrar que en ella había algo más que una artista en ciernes; ese “algo más” es lo que debe haber visto el productor estrella Javier Limón, para convertirse en el hombre en las sombras de Supercop, el nuevo trabajo de La Shica. En este disco, Elsa aparece más suelta, con más matices sonoros que en Trabajito de chinos, y deslumbra especialmente en “Con dinamita” (abajo) “Te quiero mucho pero no pa todos los días” y el tangazo “Fumando espero”, muestras inequívocas de una versatilidad sonora que marcan a fuego el trabajo de esta “flamenca hiphopera”, como parece definirse a sí misma en su primer gran hit.
La mañana posterior del showcase que llevó a cabo en el CCEBA charlamos un rato; lo que sigue abajo es la transcripción de ese diálogo. Fresca, sincera y alegre, confiesa que lo suyo es la diversión. Lo nuestro, cuando tenemos la enorme suerte de verla y escucharla, también.
-Cuando Diego el Cigala estuvo en Buenos Aires para grabar su disco de tangos, él y sus músicos sufrían porque sentían que el flamenco no era un género musical especialmente apto para convivir con otros. Al menos, como en su caso, la fusión con el tango le costaba mucho. ¿A ti te pasa lo mismo? ¿Crees que el flamenco es reactivo a la fusión con otras músicas?
-No, a mí no me cuesta, me sale bastante natural. De hecho, lo que me cuesta es hacer flamenco puro, porque lo que siempre quiero es hacer sonar la música que tengo en mi cabeza...que es muy variada.
-En Supercop, tu último disco, haces una versión de “Fumando espero”, justamente un tango clásico. ¿Por qué quisiste grabarlo?
-Ves, ahí hay un ejemplo de lo que decíamos. Hacer “Fumando espero” no me costó; al contrario, me divirtió, porque es un temazo. Quise hacerlo porque me encanta Sara Montiel, y su interpretación de este tema es genial. Además, me parece super moderno. En eso tuve que discutir un poco con mis músicos, porque ellos no querían tocarlo. “No, que es super casposo, es horrible…”, me decían. Y al final, terminó encantándoles.
-Empezaste como bailarina. ¿Qué importancia tiene el baile en tu proyecto?
-Mucha, es muy importante. Una de las características que me distinguen de las demás cantantes es que yo ya no sé expresarme sin mi cuerpo. Después de tantos años dedicada a esa disciplina…¡si yo no bailo, me vuelvo loca! Es un instrumento más en mi música, creo.
-¿Te decides a interpretar una canción cuando te das cuenta de que la puedes bailar?
-No, porque no las bailo todas, sería un rollo aquello. Lo bueno es que sorprenda: que uno no sepa que va a bailar, y de repente bailas. Lo que sí sé es si puedo bailarla o no. Cuando oigo una canción, sé si la bailaría o no, si me saldría, si me invita, ¿entiendes?
-Claro. Y si te invita, ¿qué pasa?
-Pues ahí me tiro a la piscina.
-¿Cuál dirías que es tu novedad, o tu aporte a la música actual?
-Es la pregunta del millón. Y es que yo no sé si existe un nombre, o una palabra para lo que hago. Yo la defino como “música”, para no meterme mucho en líos. Mi intención es mostrar que claramente parte de la raíz de la música española pero que deja de ser lo que era para convertirse en otra cosa…ya sea funky, hip hop o lo que sea. Siempre tiene un toque español, porque no sé hacer otra cosa y ahí está mi identidad, pero me gusta pensar que es una música viajera, que no tiene miedo a perderse.
-Una música más ligada a su tiempo que a la raíz geográfica, digamos. Abierta a la era en la que la música viaja más rápido.
-Sí, sí, una música más fiel al tipo de mujer que yo soy, al tipo de folklórica que represento. No soy folklórica de peineta y de bata de cola, sino de bicileta y de zapatilla deportiva.
-¿Cuáles son tus mayores influencias? ¿Qué te inspira?
-Me inspira la vida. Y algunos artistas, claro. Está claro que cuando decides dedicarte a algo así es porque viste a alguien y te dices “yo quiero eso”. Y en mi caso, mi ídola es Lola Flores. Es mi artista favorita y no creo que en mi tierra ni en el mundo haya habido una cosa más grande que ésa. Por lo auténtica, lo verdadera que era…¡gigante! Pero también me encantan Morente, Martirio, Diego Carrasco…eso en mi veta flamenca. Pero también me encantan Björk, Erykah Badu…la música de Erykah Badu es mi favorita para empezar a ensayar las coreografías. Cuando me pongo a trabajar y busco movimientos nuevos, siempre empiezo con Erykah Badu.
-¿Ahora mismo qué escucharías?
-Mmmm…pondría el disco de Rafael Jiménez, “El Falo”, que todavía no es muy conocido pero es buenísimo.
-Ya has hablado mucho de esto, pero igual quisiera preguntarte por tu relación con el mundo del flamenco, que en general es tan académico y rígido…
-Yo amo el flamenco. Y además es enorme, le caben un montón de cosas. Aún en el flamenco puro hay propuestas muy abiertas, superinteresantes. A mí lo que me pasaba es que no me creía mucho vistiéndome como flamenca, y subir al escenario así…no podía. Hay una parte mía que coincide con el mundo del flamenco, pero hay muchas otras que yo soy también, y en las que no tengo nada que ver. Pero amo el flamenco. No sé si se entiende. Solamente pienso que no es para mí, no estoy hecha para cantar o bailar flamenco puro. No tengo las condiciones y me interesan demasiado otras cosas como para dedicarme exclusivamente a esa música.
-De todos esos artistas que te inspiran, ¿con quién te subirías a un escenario?
-¡Con todos! Subirme a un escenario con compañeros es mi deporte favorito. No hay cosa que me guste más que eso, sobre todo si el otro músico es muy diferente a mí. Si es alguien que está en mi onda, también me divierte; pero si es totalmente diferente, me encanta. Por ejemplo, lo disfruté muchísimo con Amancio Prada, que es un señor ultraculto, como un caballero antiguo, y con Rosendo, que en España es una leyenda del rock. Cada compañero con el que te subes al escenario te influye, te hace comportarte y cantar de una manera en la que no habrías pensado nunca.
-Finalmente, da la impresión que lo que de veras te inspira es divertirte.
-Pues claro. Si no me lo paso bien yo, ¿quién se lo va a pasar bien? Yo esto no lo considero ni trabajo. Me paso la vida haciendo cosas de niño: cantando, bailando…ésas son mis preocupaciones. Todos los artistas tenemos síndrome de Peter Pan. Tenemos responsabilidades y la vivimos muy en serio, pero la nuestra es una vida infantil. Tengo mucha suerte. Y me encanta divertirme.
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lunes, 21 de mayo de 2012
Constitución, Retiro y Once, estaciones del desamparo
Anduve por Retiro, Constitución y Once, los tres principales accesos del conurbano a la ciudad de Buenos Aires, para retratar el estado en que se encuentran las estaciones porteñas. Lo que encontré fue un gran contraste entre el día y la noche; durante la jornada laboral, la limpieza, el vértigo y la seguridad (al menos, aparente) dibujan una imagen que la noche devora. En sus pasillos confluyen la ciudad-país que no queremos ver, mucho más real que nuestros apolillados sueños de grandeza y definitivamente más tangible que las ilusiones ideológicas puestas a debate en cada mesa de café. Ojalá esta nota sirva para poner en evidencia lo que, a mi manera de ver, sólo podría superarse con un esfuerzo en común. Abajo va la versión completa; el link original de La Nación de hoy, con fotos de Hernán Zenteno (reproducidas en este post), aquí.
LAS TRES ESTACIONES DEL DESAMPARO
Por Leonardo Tarifeño
En la NBA, la liga de básquetbol más importante del mundo, una "volcada" se produce cuando un jugador vuela hacia el aro, desafía la ley de la gravedad con la pelota en el aire y combina fuerza y elegancia al introducir la bola naranja en la canasta. En Buenos Aires, en los alrededores de la estación Constitución, una "volcada" es lo que el ladrón hace cuando salta a la manera de Manu Ginóbili, mete su mano por la ventana del colectivo, toma el celular de quien en ese momento lo sostiene cerca de su oído y retira mano y teléfono justo cuando el motor arranca.
A pesar de su espectacularidad, lo que más asombra en la "volcada" porteña no es la destreza física, la rapidez de reflejos o la osadía mental que exige. Lo que de veras llama la atención es que los ladrones no escapen después de hacerla, y que se tomen su tiempo para abrazarse alegremente antes de huir hacia lo desconocido. Mientras ellos desaparecen, el colectivo 12 sigue su camino con un celular menos. Cae la noche de martes en Constitución, y en algún lugar de la ciudad alguien se preguntará por qué esa llamada se cortó de repente.
La duda de esa persona desaparecería si se diera una vuelta nocturna por Constitución, Retiro u Once, escenarios cotidianos de "volcadas" y otros raros deportes nuevos. Y es que, especialmente durante la noche, las principales estaciones ferroviarias de la ciudad se han convertido en refugios para ladrones de poca monta, lugares de trabajo de quienes carecen de trabajo, y casas frías y tristes de todos aquellos que no tienen nada parecido a un hogar más acogedor. De día, los tumultos, el vértigo y los apuros dibujan una postal en movimiento, en la que nada está muy a la vista porque la mirada corre a la par de los pies que persiguen el subte o colectivo; de noche, concluido el horario comercial, los niños que duermen tapados por cartones, los adolescentes drogados con paco y los ladrones de aspiraciones olímpicas aparecen por sus pasillos y zaguanes como si fueran los hijos no reconocidos de las sombras.
Una de esas hijas de la noche avanza a la salida del tren Mitre, en el hall de Retiro, poco antes de las 23. Es una niña pálida, de belleza apagada, vestida con short y campera de jean, que aspira el siniestro contenido de una bolsa de plástico mientras se le acerca a un veinteañero que bebe una gaseosa. Con voz débil y mirada perdida reclama un trago; el joven se asusta, se siente intimidado y por alguna razón inesperada le entrega la botella casi llena. La chica está a punto de aceptar el regalo, pero las tinieblas que la azotan le impiden recordar para qué quería la gaseosa, o por qué y a quién se la había pedido, y en lugar de llevarse la botella da media vuelta y sigue su rumbo sin rumbo. Veinte minutos antes, sobre la calle que conduce a la boletería, tres chicos en bicicleta le habían arrebatado la mochila a un viejito que caminaba muy tranquilo hacia la parada del colectivo.
Los últimos trenes que llegan de Tigre pueblan el hall para recordar que la estación es, como los aeropuertos o las salas de espera, un "no lugar", un espacio de identidad intercambiable, hecho a la medida de quien no tiene por qué recordar nada particular de allí. Pero la multitud se evapora en segundos y la incierta población flotante de Retiro permanece cuando la marea humana cede. En las estaciones, el que está, está de paso; el que está y no está de paso, es el que ya no tiene adónde ir. Tal vez por eso la niña que un rato antes pedía un sorbo de gaseosa se apoya en un rincón de la recova, hunde una vez más su cabeza en la bolsa de plástico y se sienta despacio, al mismo ritmo con el que se le cierran los ojos, como si el sueño y la droga pudieran resguardarla. A su manera, quizás ella busca adónde ir.
De día, el paisaje de Retiro es muy distinto. Las estaciones se ven limpias, las máquinas de expendio de boletos funcionan, la presencia policial es permanente y el personal de limpieza hace lo que puede para quitar la mugre incrustada desde hace años en baños y pasillos. En Constitución y en Once, la situación es similar. "Durante el horario comercial, la estación es tranquila y está limpia, no hay grandes problemas", dice Víctor Castro, vendedor de diarios con más de 20 años instalado en el hall de Once. Entre las revistas de crucigramas y de chismes, en el puesto de Víctor conviven Prohibido suicidarse en primavera, del dramaturgo español Alejandro Casona; La vida es un juego, de Claudio María Domínguez, y el inquietante Zanola inocente. Preso de la infamia. "Lo único que yo reclamaría es que se haga algo con la venta ambulante. No puede ser que hasta obstruya el tránsito. Cuando aquí tuvimos el accidente, ni el personal de las ambulancias podía pasar", recuerda Castro.
En los distintos accesos, de Pueyrredón a Perón, el supermercado al aire libre de la calle ofrece calzoncillos, relojes, chipás, juguetes, pelotas, corpiños, zapatos, maletas, maquillaje, perfumes y medias (tres pares por 10 pesos), entre otros artículos. En el hall de entrada, las gangas siguen en la carnicería (el kilo de roast beef, $ 20,99) y en la fiambrería ($ 19 el kilo de mozzarella). Arriba de la carnicería, un anuncio publicitario de la Policía Federal promete "un cambio positivo para tu vida". A un costado, una estatua de la Justicia marca el camino hacia un despacho de abogados especializados en despidos. Y justo a un lado, una joven rubia intenta, sin mucho éxito, detener a quienes pasan a su alrededor para venderles una revista. "Es una historieta que escribí yo, basada en fragmentos de la Biblia, se llama Verdades joyas" cuenta Lisa, australiana de origen, que desde hace unos meses vive en Ituzaingó. La historieta se pregunta quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Lisa dice que vende entre 70 y 100 ejemplares por día, y que el precio es "a voluntad". Detrás de ella asoma el altar con fotos e imágenes que los familiares de las víctimas del accidente del 22 de febrero titularon "Tren del clamor". Leonel, Ester, Karina, Tati, Fer, Alex, Ranulfo y Micaela son algunos de los nombres que desde lejos se ven envueltos en corazones. Muchas de las personas que Lisa trata de convencer con la palabra divina deben llamarse igual. Pero nadie, ni la australiana ni los rostros de las fotos, los hacen parar.
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jueves, 17 de mayo de 2012
Bombino, Agadez y más maravillas de la cultura tuareg
Descubrí la música tuareg allá lejos y hace tiempo, gracias al extraordinario Talking Timbuktu de Ry Cooder y Ali Farka Touré. En ese disco, las guitarras de Cooder y Ali Farka dialogaban de una manera que hasta entonces yo jamás había escuchado, en un contrapunto donde la pausa y las notas largas marcaban una cadencia llena de ritmo. Luego seguí los pasos del guitarrista de Mali en The source y muchos otros discos, hasta que un buen día aterricé sobre Bamako, la capital de Mali...en la misma semana de la muerte del tipo que me había abierto los oídos a una galaxia sonora inabarcable y sorprendente. En Bamako entrevisté a Salif Keita, Oumou Sangaré y Kasse Mady Diabaté, entre otros grandes artistas, y me quedó pendiente la visita a Tombuctú, puerta de entrada al mundo cultural de Farka Touré, y de Tinariwen, Tamikrest y tantas bandas increíbles.
Como trascendería a partir del éxito mundial de Tinariwen, los tuaregs hoy célebres por crear el “blues del desierto” tienen un pasado bélico insoslayable, ya que participaron de las guerras internas que, por cierto, hoy siguen presentes en la región. Algo de ese dolor y violencia aparece en su música, y por supuesto está muy visible en sus letras (traducidas en los booklets de los discos), cargadas de referencias a la muerte, la soledad y la esperanza. Hace más de tres años yo posteaba el documental que forma parte de Aman Iman, de Tinariwen, y como sigo enamorado de este sonido hipnótico regreso a las andadas por partida doble: primero, para recomendar muy especialmente la extraordinaria producción radial que Afropop le dedica a Mali (fundamental para entender las diferencias culturales y etnicas de cada región) y, segundo, para mostrar lo más nuevo de la música de ese país, en este caso a través de Omara “Bombino” Moctar, quien acaba de editar “Agadez” por el lindo sello Cumbancha. Bombino es un claro heredero de la pasión de Farka Touré, y su vida evoca muchos de los sufrimientos de los Tinariwen. A no perderse este viaje musical a uno de los paraísos sonoros más deslumbrantes que se pueda imaginar. La música de Bombino, arriba, en un fragmento del documental "Agadez, the music and the rebellion"; y en el medio, el trailer de la peli. ¡A abrir la cabeza y dejarse llevar!
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martes, 15 de mayo de 2012
Twitter, Saviano y "la máquina de fango"
Ayer recibí un ataque por Twitter. No soy el único, no quiero parecer una víctima, no es la primera vez ni será la última. Tampoco pretendo darle una importancia que no tiene. Pero sí me parece positivo aprovechar la oportunidad para decir algunas cosas al respecto.
No entiendo cómo alguien que no te conoce se permite acusarte de cosas en las que ni de lejos tienes alguna responsabilidad. Me parece terrible tener que acostumbrarse a la difamación y al insulto. Me resulta insólito que se ponga en la misma bolsa a periodistas (cuyo trabajo es informar) y a asesinos (que se ocupan de borrar del mapa a los demás). No puedo creer que haya quienes utilicen la exposición a la que uno se somete a través de blogs y redes sociales para agraviarte. Y me deprime darme cuenta de que, en la era en la que puedes compartir información, gustos y proyectos a escala global, más de uno se te acerca no para participar de esa propuesta personal, sino para denostarte simplemente porque no piensas como ellos. Sé que la intolerancia es un fenómeno mundial e histórico, no soy tan ingenuo como para geolocalizarla con exclusividad en la Argentina. Pero, como la vivo en carne propia, me resulta fundamental subrayar que nosotros ya no condenamos al que insulta gratuitamente, amparado por el anonimato, la fascinación autoritaria y el estímulo ideológico. Yo no sé qué tipo de sociedad se construye a golpe de puteada. O sí, lo sé muy bien: justamente la que tenemos. Quien pretende ser decente, trabajar de la mejor manera y aportar lo suyo para la vida en comunidad no lleva las de ganar. Construir un espacio de tolerancia, diversidad y mutuo aprendizaje se ha convertido en una fantasía de ingenuos. Y cuando ocurre eso, como bien señala el gran Roberto Saviano (el periodista italiano perseguido por sus investigaciones sobre la mafia) en su último libro, Vente conmigo, la democracia está en peligro. Saviano habla de la situación en Italia, pone el acento en una estrategia oficial que por suerte yo no padezco y ni por asomo pretendo compararme con las víctimas de las que habla. Pero su razonamiento es muy útil para entender la Argentina de hoy, porque desmonta un mecanismo que late con fuerza en nuestra sociedad. Cito:
Siento que la democracia está literalmente en peligro. Puede parecer exagerado, pero no lo es. La democracia está en peligro desde el momento en que, si te enfrentas a ciertos poderes, si te enfrentas al gobierno, lo que te espera es el ataque de una máquina de fango: un ataque que parte de tu vida privada, de hechos minúsculos de tu vida privada, que son utilizados contra ti.Como dice Saviano: “nosotros somos distintos”. Lo que me pregunto es si a alguien le importa.
No es lo mismo difamación que investigación. La investigación recoge múltiples elementos para mostrárselos al lector. Los periodistas sueñan con tener la mayor información posible para poder profundizar, para poder encontrar elementos que demuestren, establezcan, defiendan. La difamación, en cambio, toma un elemento del contexto, una cosa privada que no tiene relación alguna con la cosa pública, y lo utiliza contra la persona a la que se ha decidido difamar. La democracia está en peligro en la medida en que, cuando enciendes el ordenador para escribir tu artículo, al mismo tiempo piensas: “mañana me atacarán sobre cosas que no tienen nada que ver con la vida pública, nada que ver con cometer un delito”. No has hecho nada malo, pero usarán tu vida privada contra ti, te obligarán a defenderte. Entonces, quienquiera que seas, alcalde, asesor, médico, periodista, antes de criticar te lo piensas un poco. Cuando eso ocurre, empieza a agrietarse la libertad de prensa, empieza a agrietarse la libertad de expresión.
(…) La confusión entre difamación e investigación es un método. Es el modo de defenderse de quien difama. El objetivo es poder decir: “todos somos iguales”. El mecanismo de la máquina de fango, en el fondo, es esto: poder decir “vosotros también lo hacéis”, “todos lo hacemos”. Y ese método funciona muy bien, porque en el fondo es lo que la gente quiere oír. Porque si somos todos iguales, nadie necesita sentirse mejor, hacer algo para ser mejor. La máquina de fango quiere decir: todos tenemos las manos sucias, todos somos iguales.
La fuerza de la democracia es la multiplicidad. En cambio, el instinto que está emergiendo, por desgracia, es el de decir: todos somos iguales, todos idénticos, todos somos lo mismo. Es ahí donde vence la máquina de fango. Hay que saber ver las diferencias. La diferencia es lo que la máquina de fango no quiere que intuya el espectador, el lector, el ciudadano. Una cosa es la debilidad que todos tenemos, y otra el delito. Una cosa es el error, y otra la extorsión. Los políticos pueden equivocarse: significa que actúan. Pero una persona que se equivoca es algo muy distinto de una persona corrupta.
En realidad, frente a la máquina de fango no hay que responder diciendo: “nosotros somos mejores”. Hay que decir: “nosotros somos distintos”. Hay que subrayar la diferencia, no meterlo todo en el mismo saco (…) La diferencia es fundamental, porque el objetivo de la máquina de fango es decir precisamente: es todo lo mismo. Y, sobre todo, bajad la mirada, no critiquéis, haced que gane el más astuto...”
Más sobre Roberto Saviano en Guyazi, aquí y aquí.
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domingo, 13 de mayo de 2012
Dos propuestas ¿antagónicas? para combatir el fascismo
¿Cómo combatir al fascismo? La pregunta no tiene una respuesta sencilla, y el asunto se pone peor cuando queda en manos de los gobiernos. La tentación autoritaria es la enfermedad profesional de los poderosos, y no hay antivirus que los detenga cuando tienen la posibilidad de asfixiar, hundir o borrar del mapa al que piensa distinto. La cuestión supone al menos dos grandes retos: por un lado, preguntarse quién está en condiciones de arrogarse el derecho de decidir quién o qué es “fascista” o no; por el otro, ver hasta dónde ese “fascismo legítimo”, que últimamente hemos visto obrar a través de “ataques preventivos”, es eficaz y “justo” a la hora de combatir reconocidas ideologías nefastas para la humanidad, como el nazismo o el terrorismo. En los últimos días, dos casos mostraron dos maneras diferentes de tratar el mismo tema; queda por ver si alguna de ellas, o ambas, representa una solución tentativa para un problema siempre urgente.
A finales de abril, la policía londinense detuvo al adolescente Mohammed Abdul Hasnath, de 19 años, por tener varios números de la revista digital Inspire, de Al Qaeda, en el disco duro de su computadora. Hay que tener en cuenta que el primer número de Inspire, de verano de 2010, ya contenía artículos con títulos temibles, como "How to make a bomb in the kitchen of your mom”. El chico Hasnath, de Poplar, East London, sigue detenido y se presume que mañana se le dictará sentencia. Al mismo tiempo, trascendió que en Alemania se publicará Mi lucha (Mein kampf), la autobiografía de Adolf Hitler, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. La edición se lanzará en papel, ebook y audiolibro, e incluirá anotaciones críticas con la intención de desarticular una por una las argumentaciones del Führer. También está previsto publicar una versión para escuelas, coeditada por el Instituto de Historia Contemporánea de Münich.
En el caso de Hasnath, el combate a quienes propugnan el odio se lleva a cabo vía represión; en el del nazismo, con una apuesta a la educación y la libertad a rajatabla. Yo no sé cuál será la mejor forma de evitar la violencia y el odio a gran escala, y me asusta reconocer que desconfío profundamente de lo que suele decidirse en los salones de la ONU. ¿El odio tiene razones, injustas por supuesto, pero que de todas maneras alguna vez convendría analizar? ¿A quién le corresponde asumir el tabú de preguntarse por nuestra parte de complicidad en la intolerancia? ¿Y tenemos algo parecido a un Guantánamo mental en nuestras cabezas? Lo único que sé es que el odio no es exclusivo de los grandes villanos de la Historia. Y que mañana una corte de Londres sentenciará a un chico de 19 años que tiene la mala suerte de crecer en un mundo convertido en un gran juego de guerra.
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viernes, 11 de mayo de 2012
Marley y Baron Cohen, aire fresco por dos
De las películas de reciente estreno mundial que me muero de ganas de ver, dos me tienen particularmente ansioso: el documental Marley, de Kevin Macdonald (El último rey de Escocia), y El dictador, la nueva provocación de Sacha Baron Cohen, que dirige Larry Charles (al igual que Borat y Bruno). Marley incluye entrevistas y escenas musicales completamente inéditas; por su parte, El dictador causó revuelo aún antes de su estreno (con la presencia de Baron Cohen en la gala de los Oscar, caracterizado como su héroe autoritario), y la crítica de The Guardian asegura que es “valiente, insensible, divertida y horrible”. Es difícil no estar de acuerdo con Macdonald cuando asegura que Marley es una de las figuras más emblemáticas del siglo XX; no tan sencillo parece animarse a pensar que el humor políticamente incorrecto, despiadado y al filo de la realidad de Baron Cohen resulta, en estos días de ñoñez ideológica, fundamental e indispensable. Tal vez una combinación del espíritu libertario del rasta (“my religion is life”) con el atrevimiento tan propio de Baron Cohen nos estimule a ser cada vez más libres, pensar por nosotros mismos y crecer a años luz de las miserias oportunistas de ese crimen de guante blanco al que solemos llamar “política”. Las películas se estrenaron en Europa y Estados Unidos y quién sabe cuándo lleguen a estas costas; mientras tanto, habrá que bucear en nuestra aliada, la Red, para estimular nuestras neuronas con este doble soplo de aire fresco. Arriba y abajo, los correspondientes tráilers.
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jueves, 10 de mayo de 2012
Para vivir mejor, pensá (y cuando comés, también)
En una época en la que la obesidad califica como “epidemia global”, no está de más preguntarse por qué en un planeta gobernado por la distribución desigual de la riqueza hay un porcentaje tan alto de gordos. Una primera respuesta, social, es que la propaganda y el marketing alientan el consumo de comida chatarra en sus distintas versiones y para distintos públicos, en un proceso que prácticamente comienza desde la tierna infancia del cliente. Otra respuesta, individual pero relacionada con esas acciones de mercado, dice que nuestros hábitos alimenticios están desligados del pensamiento, como si el almuerzo o la cena resultaran más sabrosos con la mente en blanco. El ejemplo más patético de esta manera de comer es el consumo de pochoclo, papas fritas o lo que sea en la sala de cine, con el cerebro embotado y la mano convertida en una imperturbable grúa mecánica que se impulsa sin reparos de la bolsa a la boca y de la boca a la bolsa. Lo curioso es que pensar permite elegir, y al elegir uno demuestra que es libre. Si al comer no pensamos, comemos lo que otros quieren que comamos. Y eso no es bueno para la salud, ni para los bolsillos, ni para los sueños de sacar lo mejor de nosotros mismos.
Una buena (no la única) alternativa a esa alimentación, digamos, teledirigida por el marketing, es lo que por estos días comienza a llamarse “mindful eating”, una disciplina de raíces budistas que enseña a tomar consciencia de lo que comemos, por qué lo comemos y de qué manera lo comemos. Así como el budismo enseña a expandir la consciencia a través de la respiración, el “mindful eating” promueve lo mismo con el pensamiento aplicado a la alimentación. A mí me interesa no tanto por sus técnicas específicas como por la reivindicación de lo que alguna vez me enseñaron, esto es, comer despacio, servirme sólo lo necesario y balancear adecuadamente cada plato. Como suele ocurrir con las cosas simples y fundamentales, el efecto del “mindful eating” puede ser imprevisible. En un plano individual, pone en evidencia que quienes comen rápido engordan más porque las sustancias químicas que le indican al cerebro que estamos saciados no tienen tiempo de hacer su trabajo; y en el social, demuestra que quienes piensan en su manera de comer son justo aquellos que consumen menos. Así que si estás a favor de una sociedad en la que los imperativos del consumo no devoren tu vida, no te olvides de pensar. Y no dejes de hacerlo, ni siquiera cuando estás sentado a la mesa.
Algunos libros sobre "mindful eating":
* Mindless eating, de Brian Wansink
* Savor: mindful eating, mindful life, de Lilian Cheung (una entrevista con la autora, en el video, arriba)
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miércoles, 9 de mayo de 2012
Steve Jobs.The lost interview, un visionario por sí mismo
Pasado mañana se estrena en Inglaterra Steve Jobs. The lost interview, documental en el que aparentemente el fundador de Apple se revela como nunca. La entrevista se realizó en 1995 para el documental televisivo Triumph of the nerds (en este post, completo en tres partes), y para ese proyecto se utilizaron apenas diez minutos de la charla. El resto se mantuvo inédito, o mejor dicho, perdido, hasta que el entrevistador, Robert Cringely, encontró el histórico VHS en el garage de su casa. Con ese material, Cringely reconstruyó el diálogo que ahora presenta en una película de significativa importancia para entender los valores de nuestra época, y que seguramente muy pronto estará disponible online.
Por lo que dice Cringely -a quien, por cierto, Jobs incorporó y echó tres veces de Apple-, el que tal vez sea uno de los grandes visionarios del siglo XX se muestra de una manera inesperada en esas imágenes. Según parece, en The lost interview Jobs habla de su alejamiento de Apple, recuerda sus tiempos de experimentación y juego con Steve Wozniak (con quien crearon una BlueBox -antecedente muy primario de Skype- y llamaron gratis...¡al Papa!) y presenta sus ideas acerca de un futuro digital que, muy posiblemente, ya habitamos. En definitiva, se trataría de un retrato de primera mano del hombre que cambió nuestra forma de pensar, de comunicarnos y de relacionarnos. Viéndolo a él quizás aprendamos un poco de nosotros.
Por mi parte, yo no soy un fanático de Jobs ni lo quiero ser, y su figura me despierta sentimientos encontrados. Como suele ocurrir con los genios, sus creaciones me resultan polémicas y ambigüas. ¿De veras vivimos mejor gracias a sus juguetes electrónicos? ¿Hasta qué punto Mac no ha hecho sino embellecer el consumo? Y lo peor de todo: ¿estas preguntas son de veras pertinentes? Recuerdo la alegría infantil que me embargó el día que recibí mi iPod, y la (¿sana?) envidia que me producen la sencillez del lenguaje de Mac y la velocidad de cada uno de sus gadgets. Con su creatividad ilimitada, agresividad mercantil y extraordinario ojo para el marketing, Jobs encarna el ideal del hombre de nuestra época, y buena parte de ese modelo debería ayudarnos a ser mejores. O mejor dicho, en sus propias palabras: “I think everybody should learn how to programme a computer because it teaches you how to think. Computer science should be a liberal art”.
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domingo, 6 de mayo de 2012
Si querés cambiar el mundo, pensá verde
En el mundo de hoy hay una gama de conflictos -digitales, ambientales, poblacionales- que la política tradicional ni siquiera es capaz de enfocar. Un ejemplo es la inclusión digital en países como el mío, Argentina. El gobierno se limita a hacer lo que su concepción vintage indica que es lo correcto, es decir, llevar laptops a las escuelas. Sin embargo, los programas de capacitación para los docentes que deben enseñar con esas laptops son viejos, y los sistemas de unas provincias no son compatibles con los de otras. La presunta buena voluntad se convierte en chapuza, en incapacidad manifiesta para coordinar un proyecto a la altura del vértigo que propone la época. Y es que el molde, el formato de la política tradicional sirve para el griterío del mitin, la demagogia más o menos velada, los guiños simbólicos y la lógica del parche (tapar agujeros donde en realidad se necesita proyectar a mediano y largo plazo), pero de ninguna manera para desarrollar iniciativas que vayan más allá del tiempo que un partido político puede estar en el poder. Los auténticos cambios no parten de ninguna casa de gobierno. Al contrario, los políticos representan el mayor obstáculo para una transformación en serio. Los cambios surgen de quienes piensan y trabajan de acuerdo a los valores de la época, y no conozco un solo político más preocupado por colocar a su país en el tren de su tiempo que por mantener la impunidad de su poder.
Tras haber leído libros como La historia de las cosas, de Annie Leonard, El cambio climático explicado a mi hija, de Jean-Marc Jancovici y Cómo los ricos destruyen el planeta, de Hervé Kempf, entre otros, yo tengo bastante claro que los gobiernos, siempre cortoplacistas e integrados por gente muy poco capacitada para entender los desafíos contemporáneos, están a años luz de pensar alguna alternativa ante los retos ambientales, económicos y digitales de estos primeros años del siglo XXI. Les preocupa más paliar los déficits que sus propias políticas chapuceras generan antes que impulsar una alternativa al sistema basado en extraer-fabricar-tirar que bien explican Leonard (el video, ¡imperdible!, arriba)y tantos otros; no advierten el cambio climático hasta que una catástrofe arrasa con una población (Nueva Orleans durante el Katrina; el conurbano bonaerense hace poco más de un mes) y se llenan la boca con presuntos ataques a los ricos, que sin embargo mantienen sus privilegios a la hora de quebrar el equilibrio ecológico con sus empresas. Por eso yo no espero nada de ellos y me parece de una candidez alarmante creer en gente que utiliza las ilusiones de la democracia para beneficio personal. El mundo puede cambiar aquí y ahora, pero sólo si vemos el verdadero rostro de los políticos. El poder no lo tienen ellos, sino nosotros.
Una buena prueba de la creciente importancia de la acción personal (a mi manera de ver, en las antípodas del reclamo o el apoyo a tal o cual político) es la lucidez de ciertos proyectos “verdes”, o mejor dicho, sustentables, que a su manera crean una nueva manera de pensar el mundo. Ese click mental tiene su propia lógica e interviene con un modelo social de acción que prefiere aliarse con la tecnología y el cuidado del medio ambiente antes que con los discursos oportunistas y huecos del demagogo de turno. Ese modelo hoy lo integran las plataformas de financiamiento colectivo o crowdfunding (ver los casos de Idea.me o Peoplefund, entre tantísimos otros) y una larga lista de micro o macro proyectos cuyo funcionamiento dejan una lección social. De los no pocos que me ha tocado ver, los que más sugestivos me han parecido son Soccket y la Swear Box. Soccket es una pelota que captura energía; se carga a medida que los chicos la patean, y media hora de partido asegura luz para un hogar con pocos recursos. Por su parte, Swear Charity Box detecta los usuarios de Twitter que dicen malas palabras, y por cada insulto proferido a la twittósfera se pide un monto que luego pasa a donación. Con iniciativas en esta línea, por supuesto que el mundo no se transforma a escala revolucionaria, pero alcanza para hacerlo más vivible y más solidario. Un mundo un poquito mejor, especialmente porque lo protagonizan los ciudadanos, y no quienes dicen representarlos y no lo hacen, o lo hacen mal, o ni siquiera les importa. Lo bueno de vivir en una época como la nuestra es que las estrategias colectivas tienen su lugar, y que esa estrategia colectiva no necesita más que una buena idea y el uso inteligente de la tecnología. A mí eso me estimula a pensar, a crear y a compartir proyectos, y desde que no espero nada de la política me siento un ciudadano más completo. ¿Habrá llegado la hora de la adultez? ¿La verdadera democracia será tecnológica o no será?
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viernes, 4 de mayo de 2012
Las Kumbia Queers, enamoradas de "Daniela"
Mis ídolas de Kumbia Queers tienen nuevo video y a eso sí que le llamo “acontecimiento”. Cada uno de ellos está buenísimo (mi preferido es el de “Feriado nacional”, que podés ver aquí) y éste último, por supuesto, no decepciona. La rola elegida es “Daniela”, una de las historias de amor más conmovedoras de la historia de la humanidad, que ellas siempre cantan con la ternura punk que el asunto merece. Extraída del cd La gran estafa del tropipunk, arriba cuelgo “Daniela” en su versión con imágenes. ¡Kumbia, nena!
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Palabra de Daniel Pennac
Hoy publiqué en La Nación esta entrevista con el francés Daniel Pennac, escritor al que yo había conocido por Como una novela, un lúcido y refrescante ensayo acerca del placer de la lectura. Me gustó mucho conversar con él, especialmente cuando se refirió a lo que llama “la clientelización de la infancia”, y la nula protección que los niños y adolescentes tienen con respecto a los imperativos de la sociedad de consumo. Pennac es un crítico de la alienación en todas sus formas, y charlar con él me recordó que la educación no termina nunca. Para los interesados, recomiendo mucho Mal de escuela, sus memorias como mal alumno. Abajo, la entrevista completa; el link original, aquí.
“El 'alumno-cliente' cree que su identidad la otorga el consumo” Por Leonardo Tarifeño
El francés Daniel Pennac se convirtió en un referente mundial de la reivindicación de la lectura gracias a su ya clásico Como una novela (1993), pero mucho antes de ese libro, durante su adolescencia, vivió la escuela como una auténtica pesadilla. "Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo. Siempre había oído decir que yo había necesitado todo un año para aprender la letra A. La letra A, en un año. El desierto de mi ignorancia comenzaba a partir de la infranqueable B", recuerda en Mal de escuela, sus extraordinarias memorias como oveja negra del aula, la obra que lo trajo a Buenos Aires para su presentación en la Feria del Libro.
Elegante, irónico y muy crítico de la influencia que la sociedad de consumo tiene en la educación actual, Pennac admite que haber sido un mal alumno lo ayudó a ser un buen profesor. "Yo sé lo que sienten los marginados, sé lo que implica mentir en la clase primero y en la casa después. La experiencia del dolor ha sido clave para tratar de que mis propios alumnos no pasen por eso", explica, con una sonrisa a mitad de camino entre la complicidad y la resignación.
-En Mal de escuela dice que algunos malos alumnos necesitan que algo o alguien los saque de la realidad escolar para no desarrollar "la pasión del fracaso". ¿Qué o quién lo ayudó a usted?
-En mi caso, cuatro profesores y mi primer amor. Todos ellos me dieron la sensación de existir, me permitieron creer que podía tener una existencia fuera de la identidad escolar. Esos profesores se dirigían a mí, por alguna razón vieron en mí algo que parecía interesarles. Y eso me salvó. No se preocupaban tanto por el desempeño escolar, y la paradoja es que gracias a eso mismo mi desempeño escolar mejoró mucho. -¿Por ejemplo?
-Bueno, cuando uno es mal alumno miente todo el tiempo. Entonces, al profesor de francés se le ocurrió metamorfosear la mentira y convertirla en creación novelesca. Me dijo: "No te voy a pedir una tarea más, no me des más explicaciones, sólo quiero que cada semana escribas unos diez párrafos de una novela". Y así entré a la literatura.
-¿Qué aprendió de cada uno de esos profesores?
-Muchas cosas. En primer lugar, el sentido del otro. La enseñanza como conversación: eso mismo hice con mis alumnos durante todos estos años. Cuando sos profesor, tenés entre 100 y 130 alumnos por año, y la relación pedagógica exige que esos 130 alumnos sientan que existen individualmente para el profesor. En segundo lugar, aprendí la reciprocidad. Si yo me rompo el alma corrigiendo minuciosamente un trabajo, espero que el alumno tenga en cuenta esas correcciones. El tercer aspecto es el compañerismo. Uno mantiene una relación de años con los alumnos, y para enriquecerla debe haber autoridad y juego. Si yo les pido que me reciten un texto de memoria, acepto que ellos también me exijan lo mismo a mí.
-Suena poco convencional.
-En realidad son técnicas muy simples. El profesor de matemática me enseñó otra cosa. En sus clases, los alumnos tenían derecho a decir "estoy cansado", "no hice los deberes porque tengo problemas en casa" o "me gustaría que usted, profesor, se enfermara durante unas semanas". Podían decir lo que quisieran menos una sola cosa: "Eso no me interesa". Allí otra vez hay algo muy simple, la base misma de la pedagogía, es decir, reconocer que todos los temas pueden y deben ser interesantes...si uno tiene la predisposición para interesarse por ellos.
-En una época en la que el bullying se ha instalado como una tendencia mundial, ¿cómo se lucha contra ese fenómeno?
-No es un fenómeno de una época en particular; es una enfermedad constitutiva de la institución escolar de todos los países. Es un producto inevitable del encierro y la reclusión. Como dice el filósofo cristiano René Girard, cuando se forma un grupo, naturalmente se produce la tendencia de rechazar a uno de sus miembros. Y a ese miembro le adjudican todos los defectos posibles. En las sociedades primitivas se lo condena a muerte, en las empresas de hoy, o en la escuela, al exilio o la marginación.
-En Mal de escuela se refiere al "alumno-cliente", el experto en consumismo de apenas 20 años. ¿La irrupción del "alumno-cliente" es el fenómeno más peligroso de la educación actual?
-Los jóvenes se han convertido en clientes de la sociedad de consumo. Son tanto o más consumistas que los adultos y eso ocurre en todos los sectores sociales. Hoy los alumnos son clientes y creen que su identidad la otorga el consumo.
-En su rol de profesor, ¿cómo enfrenta esa situación?
-Cuando los chicos van a la escuela, se comportan con los profesores como si fueran clientes. Sólo que la cultura no es un bien de consumo. ¿Qué es un cliente? Es alguien que sólo tiene en cuenta sus propios deseos. ¿Y cómo funciona la escuela? La escuela no se dirige a nuestros deseos, sino a nuestras necesidades.
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miércoles, 2 de mayo de 2012
Johnny Rotten, estrella publicitaria
Una de las noticias que más me llamó la atención durante mis días en Londres fue una revelación tremenda -como casi todo en él- de John Lydon, más conocido como Johnny Rotten, quien alguna vez fuera el alma y líder de los célebres Sex Pistols. Según leí en The Independent, cuando el ex patriarca del punk tenía 7 años ni siquiera era capaz de recordar su propio nombre, a causa de la meningitis. Tiempo más tarde, como en el hospital se negaban a recibirlo, se vio obligado a reconstruir las relaciones con sus padres. Y sin lugar adonde ir ni gente que confiara en él, creció a base de unos golpes que lo marcarían como lo que llegó a ser: el adalid del “no future”, un autoproclamado Anticristo que generaba miedo y burlas por igual, el mejor representante global de una juventud marcada por el odio, la desesperanza y la rabia cargada de tristeza.
Hoy, Lydon tiene menos cabello que en su época de gloria, no atemoriza ni a un niño y, como bien dice el artículo de The Independent, “se ha convertido en lo que siempre rechazó: un tesoro nacional”. Su mayor éxito musical, “God save the Queen”, acaba de ser regrabado y remasterizado para una edición de lujo...que acompañará los festejos por el jubileo de la Reina Isabel. Y su destino ha sido tan extraño y ¿cruel? que las nuevas generaciones acaban de descubrirlo como el tipo con cara de loco que aparece en un anuncio de manteca Country Life (el video, arriba). “El dinero que me pagaron por la publicidad no fue mucho, pero me alcanzó para pagar algunas deudas y organizar una nueva gira de mi banda, PIL”, dice Lydon en sus declaraciones, con sencillez de abuelito. Tal vez haya que agradecerle a la sociedad de consumo (y a la manteca) que su máquina de reciclar héroes nos devuelva a una de las figuras fundamentales de la cultura pop de los últimos 50 años. Tal vez haya que festejar el regreso de Lydon-Rotten a los escenarios, aún cuando cada vez haya menos gente que lo recuerde, y a él mismo a veces le cueste saber quién fue. Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que me gustaría creer que su rabia y locura todavía tengan algo que decir. Pero no estoy nada seguro de que así sea, y no sé por qué pienso que su éxito publicitario es el fracaso de muchos de nosotros.
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¡Viva Londres!
Terminado el BAFICI tuve la increíble suerte de salir directo a Londres, ciudad que no conocía y a la que llegué por un encargo periodístico. Hay ciudades que te favorecen y otras que no, ambientes que incentivan tu desarrollo y otros en los que te marchitas como un perejil. A mí me estimulan los lugares donde nadie parece acomplejado, la principal ley es el respeto y cada uno hace y piensa lo que quiere sin que alguien vaya a ofenderse por eso. El canibalismo social me deprime, siento que pierdo demasiado tiempo en aclarar obviedades (como reclamar tolerancia) y no hay nada que me enferme más que discutir interminablemente las vaguedades que conformarían cierta “identidad nacional”. Por eso, estos pocos pero fructíferos días en Londres representaron un alivio, un respiro gigante que me ayudó a renovar energías. Y todo eso, a pesar del loco que una tarde amenazó con hacer explotar la estación del subte en la que yo había estado la tarde anterior.
Ya en el aeropuerto, vi que uno de los puestos donde toman tus datos para entrar al país lo atendía un tipo con turbante. ¿El inglés que decide dejarte pasar o no es un árabe? Por supuesto, porque la identidad social es dinámica como la mezcla, y no estática como las inconducentes y soporíferas charlas de café. Una tarde vi un grupo enorme de ciclistas, como nuestros locales de Masa Crítica, conducir por las calles de Piccadilly Circus...con un gran parlante colgado en una de las bicis, lo que convertía al viaje en algo bastante más divertido que el de nuestros locales de Masa Crítica. En los pubs, mientras tomaba cerveza y comía “fish and chips”, leí diarios increíblemente bien editados, como The Sun y Daily Mirror, que no por amarillistas son peores que otros grandes diarios más serios, como The Independent o The Guardian (conclusión que en Buenos Aires, la ciudad del mundo con más expertos en medios por metro cuadrado, muy pocos serían capaces de entender); en cada rincón descubrí que la “honorabilidad” no es un concepto muerto o una excusa para mentir, y tanto en el subte como en la calle sentí en carne propia que la cortesía y las buenas maneras son virtudes de la evolución, y en absoluto ñoñerías despreciables de la clase alta. ¡Hasta la chica que en Piccadilly Circus se me acercó para ofrecerme "ladies" o "weed" me trató con un respeto exquisito, y se alejó sin insistirme ni una vez cuando rechacé su oferta! En fin: con todo respeto por mi propia nacionalidad, viajé hacia un mundo del que conviene aprender, cuyas lecciones cuesta poner en práctica una vez que te reinstalas en el imperio de la ley del más fuerte, o el más grosero, o el que te empuja con más fuerza al fondo del colectivo.
Como estaba sin mucho dinero, me compré apenas tres libros, uno de ellos el muy notable Bring the noise, del crítico cultural Simon Reynolds; y como quiero recomendar una de mis salidas, arriba cuelgo un lindo retrato de Gringo da Parada, el DJ creador de Favela Chic, a quien fui a escuchar en su fiesta Disorder and Progress. Ahora estoy de vuelta en Buenos Aires, feliz de haber ido a Londres, ilusionado con compartir todo lo que me tocó ver y aprender. El tiempo dirá si soy un lúcido, un ingenuo, u algo mejor o peor.
Ya en el aeropuerto, vi que uno de los puestos donde toman tus datos para entrar al país lo atendía un tipo con turbante. ¿El inglés que decide dejarte pasar o no es un árabe? Por supuesto, porque la identidad social es dinámica como la mezcla, y no estática como las inconducentes y soporíferas charlas de café. Una tarde vi un grupo enorme de ciclistas, como nuestros locales de Masa Crítica, conducir por las calles de Piccadilly Circus...con un gran parlante colgado en una de las bicis, lo que convertía al viaje en algo bastante más divertido que el de nuestros locales de Masa Crítica. En los pubs, mientras tomaba cerveza y comía “fish and chips”, leí diarios increíblemente bien editados, como The Sun y Daily Mirror, que no por amarillistas son peores que otros grandes diarios más serios, como The Independent o The Guardian (conclusión que en Buenos Aires, la ciudad del mundo con más expertos en medios por metro cuadrado, muy pocos serían capaces de entender); en cada rincón descubrí que la “honorabilidad” no es un concepto muerto o una excusa para mentir, y tanto en el subte como en la calle sentí en carne propia que la cortesía y las buenas maneras son virtudes de la evolución, y en absoluto ñoñerías despreciables de la clase alta. ¡Hasta la chica que en Piccadilly Circus se me acercó para ofrecerme "ladies" o "weed" me trató con un respeto exquisito, y se alejó sin insistirme ni una vez cuando rechacé su oferta! En fin: con todo respeto por mi propia nacionalidad, viajé hacia un mundo del que conviene aprender, cuyas lecciones cuesta poner en práctica una vez que te reinstalas en el imperio de la ley del más fuerte, o el más grosero, o el que te empuja con más fuerza al fondo del colectivo.
Como estaba sin mucho dinero, me compré apenas tres libros, uno de ellos el muy notable Bring the noise, del crítico cultural Simon Reynolds; y como quiero recomendar una de mis salidas, arriba cuelgo un lindo retrato de Gringo da Parada, el DJ creador de Favela Chic, a quien fui a escuchar en su fiesta Disorder and Progress. Ahora estoy de vuelta en Buenos Aires, feliz de haber ido a Londres, ilusionado con compartir todo lo que me tocó ver y aprender. El tiempo dirá si soy un lúcido, un ingenuo, u algo mejor o peor.
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sábado, 21 de abril de 2012
BAFICI: insultos, revoluciones y sexo en tiempos de iPod
Ayer volví a inyectarme mi dosis de BAFICI, tras un breve descanso que debí tomar por razones laborales y, sobre todo, por el paro del subte del jueves a la noche. Temprano anduve por el Hoyts, a la tarde me metí en la Lugones y al final del día aparecí por el 25 de Mayo (éste último, repleto). Por suerte, en ningún caso me tocó un coñazo de esos infumables, y sólo me inquietaron un par de cosas, ambas lo suficientemente preocupantes como para que la jornada no resultara del todo feliz.
La primera, la constatación de que en Buenos Aires siempre se viaja de mal a pésimo, y que al ineficiente (por decir lo mínimo) trazado del subte se le suma la escasa frecuencia de colectivos, por lo que cualquiera que pretenda moverse con alguna soltura por la ciudad se ve condenado a correr por obra y gracia del subte lleno, el bondi que no llega o la parada que cambió de calle. Y la segunda, la estruendosa silbatina, acompañada de gritos e insultos, que la teóricamente culta platea del BAFICI le dedica una y otra vez a la bobalicona propaganda con la que el gobierno de la ciudad anuncia que “en todo”, es decir, en los festivales masivos, “estás vos”. El anuncio es engañoso como toda publicidad, y a mí en particular me enferma porque demuestra que la idea oficial de la cultura en Buenos Aires se limita a la de los megashows gratuitos en las calles; de todas maneras, me alarma que putear un spot en público y a viva voz esté bien visto y, para algunos, sea una forma de defender la democracia, la soberanía o quién sabe qué. En Buenos Aires se ha instalado un clima de radicalización que yo jamás había visto, y ni siquiera en una sala de cine uno está a salvo del maniqueísmo político, la intolerancia cool y la agresión permanente que envenena nuestra vida cotidiana. Supongo y quiero creer que la auténtica toma de consciencia política no exige insultar a voz en cuello cada vez que aparece un anuncio del partido rival, pero da la impresión de que reclamar ese mínimo de madurez y tolerancia es demasiado para una sociedad a la que el autoritarismo parece fascinarle. En fin, no quiero seguir con eso, punto y aparte. Pero punto, también, sobre las íes.
En cuanto a lo de veras interesante, es decir, el cine, ayer fue un día muy productivo. Por la mañana vi Tahrir (el teaser, arriba), el documental de Stefano Savona que retrata los espeluznantes días de la revolución egipcia. Savona filmó a la gente en la plaza, y con esos retazos de opiniones, corridas y encuentros construyó un testimonio de extraordinario valor y gran mérito. A mí me emocionó mucho, y varias cosas me llamaron la atención: una, que en la plaza nunca había banderas de partidos políticos (como en toda Revolución con mayúsculas); otra, que los manifestantes, verdaderos héroes, desconfiaban no sólo de la mafia gobernante, sino de toda la clase política (como en toda Revolución con mayúsculas), y finalmente, que una de las grandes protagonistas de la gesta fue la música. Canciones para dar ánimo, para criticar al gobierno, para bailar y divertirse...la música une y la política separa. Tal fue la lección que saqué de la película, una bomba de dignidad en movimiento con la que más de uno podría aprender que los verdaderos cambios no tienen nada que ver con lo que los políticos hacen, piensan o pergeñan detrás de un escritorio.
Por la tarde fui a la Lugones a ver la francesa Léa (arriba, el teaser), película de Bruno Rolland que pone el ojo en la transformación de una estudiante en stripper. Durante un buen rato me pareció que la idea del director era mostrar, con los peores clichés del caso, la dramática iniciación erótica de una veinteañera a la deriva, pero hacia el final dió un giro que me gustó mucho. Resulta que la tal Léa hace de todo, desnudarse por ejemplo, para entrar a una universidad de París y conquistar una herramienta que le permita ganarse la vida dignamente, pero una vez admitida descubre que el mundo académico está lleno de impostores y huevones pedantes que se esconden detrás del palabrerío para exhibir una vida de la que carecen por completo. La verdadera prostitución la ejerce quien se sube al estrado de una clase para mostrarse como no es; lo peor de la vida de Léa como stripper no es desnudarse ante desconocidos sino trabajar como loca para, al final, darse cuenta de que la universidad es una fábrica de cháchara. La huída final de la protagonista la entendí como el shock de madurez que pone en evidencia el egoísmo familiar y la miseria vital de los profesores. Yo pienso exactamente como ella, así que me identifiqué mucho con esta Léa stripper, fuerte y desamparada a la vez. Rolland la dibuja con trazo milimétrico, sin detenerse en cuestiones de falsa moral, y con la acción permanente en el punto de mira. Me fui de la sala con el ánimo alto, convencido de que en las asperezas de la vida hay una belleza que los niños / niñas de mamá se pierden por miedo, petulancia o simple comodidad. Para crecer en serio hay que tener coraje. Me gusta que Léa lo haya tenido, y me encanta darme cuenta de que puedo entenderla.
A la noche peregriné al 25 de Mayo y llegué justo a tiempo para ver Clip, de la serbia Maja Milos. Clip es una película dura y provocadora, en la que el espectador asiste a las alegrías (sexuales) y pesares (familiares) de una adolescente en tiempos de iPod. Jasna toma cocaína, da sexo oral en los baños, se emborracha hasta que la sacan en andas de una fiesta y, mientras tanto, su padre agoniza en un feo hospital. Milos examina la adicción tecnoerótica de Jasna con ojo impúdico, incluye las imágenes de sexo explícito que la chica y su novio toman con su iPod y jamás subraya el topicazo de “juventud perdida” que se agazapa detrás de su recorte narrativo. Contarla en toda su dimensión implica hacerse cargo del efecto que produce y ver cuánto de uno mismo hay en ese deseo incendiario, que de ninguna manera es exclusivo de una guapa calentona con problemas de autoestima. El juicio sobre qué tan lograda es la película me parece menos interesante que preguntarse en qué nos toca, por qué nos excita (o no), y hasta dónde aceptamos que la protagonista es, a su manera, libre y conflictuada, y nosotros, tal vez, igual de conflictuados y bastante menos libres. Clip es más una experiencia que una película, y verla vale mucho la pena porque el eco de sus interrogantes no se detiene una vez que termina. Quien ayer se la haya perdido, tiene una nueva oportunidad mañana, a las 22.30, en el Arteplex Belgrano.
Pero el BAFICI sigue, y por eso hoy vuelvo a las andadas. Me encantaría ver la muy recomendada Tabú, de Miguel Gomes, pero ya no hay entradas; casi en el mismo horario andaré por el Hoyts para ver el drama étnico Barakat! (el trailer, arriba de todo); por la tarde diré presente en La casa del ritmo (el trailer, abajo), que retrata el día a día de la banda venezolana Los amigos invisibles, y el final de la jornada lo pasaré con la rumana Best intentions, premiada en el Festival de Locarno. Como siempre, y una vez más, ¡nos vemos allá!
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miércoles, 18 de abril de 2012
BAFICI: ayer putas, hoy cocaína
Anoche fui al BAFICI a ver Buy me!, de Catalina Flórez, con mi amiga Ana. Buy me! es un exquisito documental sobre la vida, obra y milagros de un grupo de prostitutas de Amsterdam, contado a través de quienes diseñan y manufacturan la ropa que las chicas lucen en las ventanas donde se ofrecen. Ana venía de chutarse los 191' de Sangue do meu sangue primero, y los 167' de Saudade, después. A mí me alegra que en el mundo haya gente con tanta capacidad de resistencia, sobre todo porque yo no soy uno de ellos. A pesar de las casi seis horas que se había pasado entre imágenes paganas y comedores de pochoclo, Ana no había perdido la sonrisa. Cuando llegué al Hoyts y la vi tan alegre, confirmé que gente como ella es la compañía ideal para ir al BAFICI, a la guerra o a una clase de semiótica. Buy Me! dura poco menos de una hora y a mi amiga le pareció un corto. Yo disfruté que la película mostrara a las prostitutas sin apelar a clichés, sentimentalismos gratuitos o golpes bajos. Los dos salimos contentos y seguros de que la lección de vida que ofrecen las prostitutas de la película retumbará en nuestros corazones durante mucho tiempo.
Y en el fondo, no sé si a esta altura de los acontecimientos no es justo eso lo que busco en una película. Cine que me diga algo, que me abra una puerta a sensaciones o ideas inexploradas, que me estimule para ponerme en acción. Ya no tengo la paciencia de otros tiempos, y una de las cosas que más nervioso me pone es tener que dedicarle minutos de mi vida a las pretensiones huecas del arte falso. A lo mejor esa impaciencia es sinónimo de intolerancia; yo prefiero pensar que representa cierto grado de exigencia. Pero la verdad es que no lo tengo muy claro aún.
Por suerte, hasta ahora en el BAFICI he visto películas de las que por uno u otro lado he podido sacar algo. Me gustó mucho The substance, el documental acerca la aparición del LSD en la cultura global. Hoy hubiera querido ver Tomorrow, sobre los artistas rusos que conforman el grupo artístico Voina, pero me quedé dormido y no llegué a la función de prensa; iré, sí, a Cocaine cowboys (el trailer, abajo), que narra la participación de la cocaína en el boom inmobiliario de la Miami de los '80. Mañana jueves seguro me daré una vuelta por la muy esperada Clip (el trailer, abajo), de Maja Milos, el drama étnico L'Afrance, de Alain Gomis y, sobre todo, La casa del ritmo, el retrato documental de la banda venezolana Los amigos invisibles. Como siempre, por acá la seguimos y ¡nos vemos allá!
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martes, 17 de abril de 2012
¿La infancia recuperada?
La
escena es tan cotidiana que cuesta identificarla como algo ¿extraño?
Me pasó ayer mientras esperaba que se hicieran las once de la noche
para ver una peli en el BAFICI. Una pareja de treinteañeros estaba
sentada a la mesa de un bar. Habré estado al lado suyo durante más
de media hora, digamos 45 minutos. En todo ese tiempo, en ningún
momento dejaron de teclear en sus respectivos smartphones. Parecían
novios, pero no intercambiaron ni una palabra.
Los
recelos ante el poder de la tecnología son más viejos que los
robots, y nada más lejos de mí que recordar o reivindicar con
nostalgia los viejos tiempos de la comunicación anterior a Internet.
Al contrario: me parece evidente y hasta una pérdida de tiempo
subrayar que la cultura digital es un milagrazo que favorece la
evolución, y que de nosotros depende desarrollar una ecología de
Internet que día a día mejore nuestra experiencia on line. Sin embargo, y
tal vez por eso mismo, también creo oportuno abrir los ojos y ver en
qué nos están convirtiendo el erotismo de los juguetes electrónicos: en muchos
casos, en adictos a la instantaneidad y al mimo al ego, cazadores del
último comment que habla de nosotros o del retweet que de alguna
manera valora lo que otros creen que somos. Reclamamos minuto a minuto que los demás
sostengan la máscara virtual detrás de la cual nos ocultamos.
Transformamos al smartphone en una herramienta portátil que primero nos
comunica con nuestro ego y después con todo lo demás.
Me
quedé impresionado por la escasa comunicación que vi en la pareja
de al lado, pero no estoy seguro de que efectivamente haya
presenciado un silencio de los devastadores. ¿Y si lo que en
realidad había visto era un recreo solitario y global a la vez, un sensualísimo
ritual de apareamiento tecnológico repetido por millones de personas en ese mismo instante y a
escala planetaria? En ese caso, ¿la soledad se multiplicaba o la
comunicación avanzaba de manera transversal, lista para llegar a
miles de kilómetros e incapaz de generar un acercamiento a unos
pocos metros? Lo único cierto es que vivimos en una época en la que
acercamos lo que está lejos y nos alejamos de lo que tenemos cerca. El lugar común se ha vuelto tan común que nos parece normal. ¿Y será "normal"? Mientras veía a estos chicos, recordé una cita de Baudelaire: “el
genio no es más que la infancia recuperada a voluntad”. Aferrados
a sus smartphones, auténticas drogas tecnológicas, mis vecinos de
anoche me hicieron pensar que los juguetes electrónicos nos
convierten en niños. A su manera, con ellos en las manos,
recuperamos la infancia...pero sólo lo peor de ella, es decir, el
egoísmo, el ombliguismo, el caprichito. A lo mejor, tal es el precio
para que un día nos convirtamos en adultos. O quizás encontré en
ellos justo aquello que no quiero ver en mí.
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